sábado, 19 de abril de 2008

Padecimiento?..

...la vi entrar a la tienda en cuya vitrina había un cartel donde rezaba: ¿ padece de pecas? "Pues no, no padezco de pecas", le dice Pippi al dependiente. "Pero, querida niña", responde el pobre dependiente, "si tienes toda la cara llena de pecas..." "Claro que sí", replica Pippi, "pero no padezco de ellas. A mí me gustan. ¡Buenos días!"
Ricardo Bada en su articulo Pippa medias largas

Desvelos

En cierta ocasión, este amigo a que aludo me dijo: «Quisiera ser fulano» (aquí un nombre), y le dije: Eso es lo que yo no acabo nunca de comprender, que uno quiera ser otro cualquiera. Querer ser otro, es querer dejar de ser uno el que es. Me explico que uno desee tener lo que otro tiene, sus riquezas o sus conocimientos; pero ser otro, es cosa que no me la explico.Más de una vez se ha dicho que todo hombre desgraciado prefiere ser el que es, aun con sus desgracias, a ser otro sin ellas. Y es que los hombres desgraciados, cuando conservan la sanidad en su desgracia, es decir, cuando se esfuerzan por perseverar en su ser, prefieren la desgracia a la no existencia. De mí sé decir, que cuando era un mozo, y aun de niño, no lograron conmoverme las patéticas pinturas que del infierno se me hacían, pues ya desde entonces nada se me aparecía tan horrible como la nada misma.

Miguel De Unamuno " del Sentimiento trágico de la vida'

jueves, 17 de abril de 2008

Habitación de hotel

Cuando a las dos de la mañana
te llamo por teléfono desesperadamente
para decirte que haría el amor hasta morir,
detesto que como un reloj cucú
me des la hora,
me preguntes
si he tomado la pastilla para dormir,
si he ido al médico,
si he entregado por fin el artículo del periódico,
si he cenado bajo en colesterol.
Si hubiera hecho todas esas tonterías estaría igualmente insatisfecha.
y además...
considera que
no será nada frecuente,
en la poca vida que te queda,
que alguien te llame a las dos de la mañana
para decirte que haría el amor hasta morir,
porque a los cincuenta nadie tiene ganas
de hacer el amor hasta morir,
(prefieren morir de cosas normales
como cánceres, tumores, infartos cerebrales).
A los cincuenta ya nadie es romántico,todo el mundo ha aceptado el fracaso, la hipoteca,
el matrimonio vulgar, gay o hetero,
lo mismo da.
Sólo algunos locos se pierden en el mar,
en una barca solitaria,
sólo algunos locos escriben libros,
sólo algunos locos se emborrachan de alcoholes interiores,
Sólo algunas locas llaman a las dos de la mañana para decir
haría el amor hasta morir...
y sin preservativo.

Cristina Peri Rossi

Cabeza Cuadrada

miércoles, 16 de abril de 2008

El abecedario


El primer día de enero se despertó al alba y ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas del arte. Se ajustaría a todos los códigos. Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.Para cumplir con este plan empezó como es natural por la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana; almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adquirió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó la novela Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albricias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra.Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso del orden de las letras la segunda semana birló una bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgoña. La tercera cazó cocodrilos, corrió carreras, cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta semana se declaró a Desirée, dirigió un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló empanadas y enfermó del estómago. Cumplía una experiencia esencial que habría aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana, sin tenerlo previsto, murió de meningitis .


Luisa Valenzuela


martes, 15 de abril de 2008

La mujer tigre fragmento


Hace tiempo que la estudio y, de momento, lo único que he conseguido averiguar es que duerme por la tarde, se pierde por las noches y se asoma de este lado sólo al mediodía, cuando el sol le acentúa las franjas del lomo y enciende sus pupilas piedra pómez. Desde el día en que la encontré, distraída, clavándose un colmillo en el labio con delicadeza, no he dejado de imaginar la cacería. ¿Quién cazaría a quién? Desde luego su boca promete el vértigo, la sangre, el rito de la muerte ágil. Mi arma es esta pluma: suficiente al menos, para sucumbir con dignidad. Ese temblor del costado, de las rayas de su vientre al respirar, me salpica la vista, me obsesiona. Su dulce rugir de pequeña catarata me persigue cuando sueño. Al despertar, en cambio, sueño con perseguirlo. Ella tiene demasiado olfato como para dejarse sorprender en una página. Haría falta una novela, quizá varias, para poder albergar la esperanza de que bajase la guardia por un instante, en mitad de algún párrafo. Pero para hacer eso necesitaría estudiarla durante años. Al fin y al cabo, todo consiste en engañar al tigre. El hambre, algunas veces, la obliga a acercarse con encantador disimulo y relamerse. Si todavía no me ha atacado es porque, de momento, le agrada esto que escribo, o al menos le hace gracia a su coquetería. Por mi parte, estoy dispuesto al sacrificio: la supervivencia es tan mediocre... Sé bien que le importo poco, que para ella soy, básicamente, un curioso trozo de carne. Aunque también sé que, si transcurre un par de días sin que nos veamos, ella busca cualquier pretexto para regresar y rondar mi cuento. Incluso a veces me hace el honor y decide afilarse las uñas delante de mis ojos, frotándolas contra un árbol con una lentitud exquisita. Otras veces he notado cómo se demoraba al marcharse, mientras dibujaba hipnóticas ondas con su cola manchada. Y aún más. Estoy seguro de que en su guarida de fiera inconmovible, en las noches de luna clara, se siente sola. Y de que a veces, también, hace un esfuerzo y me recuerda. "

Andres Neumann ( El que espera)

Despecho


A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.
A. Newman (El que espera)